En 1807, el naturalista y explorador Alexander von Humboldt supevisó la imprensión de la edición alemana de su Essai sur la giographie des plantes, obra basada en la expedición que durante cuatro años condujo en Sudamérica. La edición de Tubingen incluía un grabado de dedicatoria dirigido a Johann Wolfgang Goethe, cuyas investigaciones morfológicas en torno al origen de las plantas habían inspirado al joven Humboldt. El grabado, una alegoría diseñada por el propio Humboldt, presenta al dios griego Apolo, sosteniendo con la izquierda la lira que lo caracteriza como Musagetes—el guía de las Musas—mientras con la derecha devela una misteriosa representación de Diana/Artemisa, hermana gemela del dios.
A juzgar por su correspodencia, el sentido de la dedicatoria no escapó a Goethe, quien en más de una ocasión se vio a sí mismo en el espejo del Musagetes. En una carta dirigida al naturalista, Goethe escribió: “esta halagadora ilusración sugiere que la Poesía, también, puede descorrer el velo de la Naturaleza.” En efecto, a lo largo del Renacimiento, Diana/Artemisa, particularmente en su advocación como polymastos o multimammia, emergió como una encarnación de la Naturelaza. Para Benvenuto Celini, los antiguos representaron a la Naturaleza mediante esta diosa para dar a entender que “solo ella nutre todas las cosas y es la única y principal ministra de Dios,” mientras que en el más importante manual de mitografía del periodo, Le Imagini de i Dei de gli Antichi (1626), Vincezo Cartari presentó un emblema de Dea Natura como la Artemis Polymastos, completando el emblema con el siguiente mote: “Imágen de la Diosa Naturaleza toda llena de senos, para mostrar que el universo extrae su nutrimento de la virtud oculta de la misma.” En la alegoría, el gesto de Apolo remite a otra idea antigua atibuida a un fragmento de Heráclito: Φύσις κρύπτεσθαι φιλεῖ, ‘la Naturaleza ama esconderse’. La naturaleza siempre yace escondida, pudorosamente velada.
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Ahora bien, en el grabado de Humboldt detrás del velo no se revela la figura familiar de la diosa cazadora, de graciosa disposición clásica, sino la rígida, frontal y abigarrada imagen de la Artemis venerada en Éfeso desde el siglo VII AC. Escultura de amplia difusión en el Imperio Romano, la Artemis Ephesia es una diosa arcaica que integra gran variedad atributos de otras diosas de Anatolia como Cibeles. Su torso está festonado de ovoides colganes, que los antiguos comentaristas identificaron con pechos (de ahí la denominación de la diosa como polymastos) pero que de acuerdo a los estudiosos recientes consisten en sacos de cuero, cocuyos o testículos de toro. Su torso exhibe además un collar compuesto de signos zodiacales babilónicos, y su cabeza detenta una corona mural, motivo mesopotámico y sirio introducido tardíamente al mundo griego, rodeada con protomos de tigres, toros y esfinges. Y por doquier abundan las abejas. Se trata de una figura de composición, digamos, diacrónica: menos un conjunto de atributos iconográficos coetaneos que la cristalización de flujos históricos; personas, bienes, ejércitos, artfefactos de culto. No carece de ironía el que Humboldt haya cifrado su confianza en la capacidad del Musagetes de actuar como Phoebus, el que trae consigo la claridad al conocimiento de la naturaleza, en esta figura ctonica. El contraste nos recuerda que Apolo no solo es Musagetes, sino también Loxias, el que habla oblicuamente.